El daño que provoca el abuso físico y/o sexual en la infancia va más allá del psicológico. Estudios recientes han identificado dichos abusos como un factor etiológico significativo para el desarrollo del dolor crónico en mujeres. Asimismo se han encontrado asociaciones especificas entre el abuso sexual en la infancia y dolores en zonas concretas del cuerpo, como el dolor facial, dolor pélvico, vaginismo, dolor gástrico y fibromialgia.

La relación con el abuso sexual y/o físico en mujeres es manifiesto no sólo por su mayor frecuencia en estas, sino porque la incidencia de fibromialgia en mujeres que han sufrido abusos quintuplica al resto de mujeres del mismo grupo social. Parece además, que estas son más proclives a sufrir las formas graves de la enfermedad. Si se analizan otras variables, se pone de manifiesto mayores escalas de dolor, mayor fatiga y mayores limitaciones funcionales. Esto conlleva un aumento significativo del consumo de atención médica y de analgésicos para el grupo de mujeres con historia de abusos y fibromialgia, frente al resto de mujeres con fibromialgia del mismo grupo social que no han sufrido abusos.

La respuesta al porque de esta relación la encontramos en el llamado estrés tóxico. El estrés tóxico ocurre cuando un niño afronta, sin apoyo adecuado de un adulto, una frecuente, fuerte y prolongada adversidad, como el abuso físico, sexual o emocional, exposición a la violencia, cargas acumuladas de problemas económicos familiares, etc. Cuanto más adversas son esas experiencias en la infancia, mayor es la probabilidad de tener retrasos en el desarrollo y problemas de salud más tarde, como cardiopatías, diabetes, abuso de drogas y depresión, además de pocas habilidades de adaptación.

Este tipo de respuesta prolongada al estrés se considera tóxica porque puede “sobresaturar” el cerebro del niño e interrumpir el desarrollo de su arquitectura, particularmente durante los períodos más sensibles del desarrollo temprano.

Si bien es imposible erradicar las fuentes de estrés, como los abusos sexuales, la pobreza o la negligencia, sí es posible apoyar a las familias para establecer dentro de lo posible relaciones seguras y estables con un adulto que cuide del niño.