Cuando empezaron los abusos siendo niña tenía miedo, pesadillas casi todas las noches, tenía pensamientos recurrentes sobre violaciones, comportamientos sexuales compulsivos conmigo misma. Me volví introvertida, mis notas descendieron y a causa de todo ello sufrí bullying por parte de algunas compañeras de clase los últimos tres años.

El tentáculo ya había llegado a mi vida.

En mi adolescencia escondí esos recuerdos de los abusos en mi mente para poder sentir que era normal, que era como los demás, pero apareció la promiscuidad en mi vida, apareció la rebeldía por no entender porque me sentía diferente, porque me machacaban psicológicamente en casa, en la familia. Apareció el estrés postraumático, la personalidad límite y la agresividad conmigo misma.

El tentáculo seguía en mi vida.

A los dieciocho años escapé de mi casa, cogí un avión y volé hacia una supuesta libertad que no fue tal. Fui captada para la prostitución durante años. El estrés postraumático creció y aparecieron los intentos de suicidio, las drogas, la anorexia, la bulimia, las parejas conflictivas y la violencia de género.

El tentáculo crecía y continuaba deslizándose en mi vida.

Con una mezcla de voluntad, fuerza y suerte conseguí escapar y erradicar algunas situaciones límite y nocivas que estaban presentes en mi vida. Conseguí con mucha dificultad, porque la ayuda y apoyos recibidos fueron prácticamente nulos, empezar a estabilizar mi vida, a recomponer todos mis trozos rotos como mujer, como persona.

Pero el estrés postraumático después de tanto vivido sigue aquí conmigo, condicionándome en muchas áreas de mi día a día, emocional, personal, social y laboral.

Y mi lucha sigue siendo a diario por hacerle frente, por aprender a vivir de nuevo, por intentar que ese condicionamiento, cada vez sea menor.

El tentáculo sigue presente a día de hoy.

¿Es desagradable este tentáculo verdad? Pues con este tentáculo tan desagradable es con el que tenemos que lidiar la mayoría de supervivientes de abusos todos los días de nuestra vida.

Ya va siendo hora de que a los abusos en la infancia, a sus secuelas y a las consecuencias que tienen en la vida de quien los sufre se les de la importancia que realmente tienen. Es decir, mucha.