Articulo escrito por Gisele Sousa Dias y publicado originalmente en Infobae.

Hace dos semanas, cuando la potencia del huracán Irma amenazaba con destrozar Miami, José Benegas sintió una forma desconocida del miedo. No creía, en el fondo, que podía morir en el huracán, pero la posibilidad remota lo impregnó de una sensación de urgencia. Había algo por decir. El miércoles pasado, Benegas se sentó frente a su computadora, abrió su cuenta de Twitter y escribió: “Entre los 6 y los 8 años fui abusado sexualmente por mi hermano mayor, siendo el menor de 7 hermanos de una familia de la que nunca pude ser parte”. Pocos minutos después, escribió un segundo tuit: “Ahora tengo 54. Listo, se terminó el secreto”.

José Benegas es escritor, periodista, columnista en Infobae y ensayista argentino, pero desde hace cinco años vive solo en Miami. La decisión tiene un contexto: hacía años que había roto todos los lazos con su familia biológica, y cuando intentaba contarle a alguien qué le había pasado en su casa de Palermo durante su infancia, notaba que resultaba imposible de digerir. La dinámica terminó siendo el alimento perfecto para su aislamiento.

“Era muy chico, no tenía ninguna noción de lo que era el sexo. Mi hermano mayor, que es 10 años más grande que yo, me metía en un cuarto, y bueno, era un desastre. Yo no entendía demasiado pero sabía que estábamos desnudos, que eso estaba mal y que no se podía decir”, cuenta Benegas a Infobae.

No había una amenaza directa: “No hacía falta, porque ya tenía el poder sobre mí. De toda la familia, él era el menos hostil conmigo y se había ganado mi confianza. Claro que si yo no hubiera sido una hojita al viento, si hubiera tenido alguien con quien hablar, las cosas habrían sido distintas”, sigue. Otro de sus hermanos –son siete– también fue abusado por el mayor, y hubo ocasiones –recuerda al menos una vez, en el campo familiar– en la que los abusó juntos.

El abuso que nadie parecía ver era solo uno de los tentáculos. “Mi padre era alcohólico. Yo no recuerdo haber tenido jamás una conversación con él. Siempre eran discusiones, fue mi peor enemigo durante la adolescencia”, cuenta ahora. “Fuera de casa era mucho más feliz que en mi casa, yo esperaba que alguien me adoptara. Ese era un sueño que yo tenía”, contó anoche en una entrevista televisiva con Jaime Bayly. Hablaba de un padre que, años después, sufrió un ACV y murió en su cama: “Se quedó dormido con un cigarrillo en la boca y el colchón se incendió”.

Benegas creció con una enorme dificultad para establecer cualquier tipo de vínculo: vivía con un secreto de Estado guardado entre el esternón y la garganta y no podía responder a ninguna pregunta básica acerca de su vida. A los 30 años empezó a sufrir ataques de pánico que nunca logró terminar de domar. Muchos años después, se detectó un lunar y entró en una crisis profunda: “Tenía la certeza de que me iba a morir”. Ya había empezado a hacer terapia y las placas tectónicas habían comenzado a moverse.

Hace 13 años, cuando Benegas tenía 41 y creía que lo que había pasado había prescrito, su hermano (el que también había sido abusado) decidió contarle a la familia los abusos sexuales que habían sufrido los dos. Cuando el resto de sus hermanos fueron a preguntarle a José qué quería hacer con eso, José contestó: “nada”. Y enseguida, la decisión de seguir dándole de comer al silencio y la posibilidad futura de explosión fueron recibidos como una amenaza para el resto.

“Yo nunca lo hubiese contado, no fui yo el que decidió traer esto al presente”, sigue Benegas. Es por eso que, aunque aún no está definido, el libro que acaba de terminar podría llevar ese nombre: “El pasado me vino a buscar”. “Lo que le dije es ‘a mí no me pasó solo el abuso, me pasaron ustedes también. Si quieren hablar, hablemos de todo. Pero resultó ser que el maltrato psicológico, la exclusión que yo había vivido y la violencia física terminaron siendo más tabú que el abuso sexual”.

Si bien Benegas se había convencido de que nunca iba a hablar, había imaginado el día en que el silencio se fracturara como esa escena agobiante de la película La celebración. “Alguien se para, cuenta todo y el resto reacciona y se rompe todo. No fue eso lo que pasó. La familia seguía actuando como un sistema. Hubo más interés en preservar las apariencias hacia afuera que en preservarme a mí. Había que deshacerse del testigo. Y ahí empezó la segunda época del desastre, porque esa reacción de tu familia es como que te pase, otra vez, un tanque por encima”.

Benegas escribió 15 páginas contando lo que había vivido en la casa que todos habían compartido y se las envió a sus hermanos. Ninguno contestó. Sus hermanas propusieron, en cambio, hacer una “terapia del perdón” en conjunto. Como José dijo que antes de perdonar había que hablar, quedó excluido de la familia. Sus hermanas le dijeron que era un egoísta porque “ponía por delante lo que a él le había pasado en vez de privilegiar la reconstrucción de la familia”. Su madre se enfermó de Alzheimer: “Se escapó totalmente de la situación”.

Benegas cortó todas las ramas del árbol genealógico: “Es como si hubiera nacido solo”, explica. “Tengo pesadillas con esto desde hace 13 años, fueron 13 años horribles. Pero hace un tiempo empecé a darme cuenta de que tengo que sacarlo porque estoy mucho mejor hablando con alguien de afuera que con alguien de adentro”.

Y fue el miércoles pasado, mientras leía y releía lo que acababa de escribir en Twitter y dudaba si publicarlo o no, que entendió que la imposibilidad de hablar de su vida le impedía atravesar la capa superficial de cualquier relación. “No busco venganza, para nada. Que mi hermano sufra a mí no me compensa en nada. Mi problema es lo que me pasa a mí con esto, no lo que le pasa a él”, explica. Se refiere a un hermano que vive en Argentina y con “su calvario personal”: tuvo un hijo enfermo y se murió hace poco.

La escritura de su libro, que aún no tiene fecha de lanzamiento, colaboró en el proceso. “El abuso y el maltrato son como dos luchadores de sumo que se llevan encima de los hombros durante toda la vida –cierra–. Haberlo contado públicamente significa que yo ya no soy el guardián del secreto familiar y que tal vez, en algún momento de mi vida, ese secreto ya no me defina”.