No se fía de su memoria. Por eso Kepa Huarte solo puede asegurar, sin miedo a equivocarse, que por lo menos pasó “dos veces”. Ambos episodios quedaron sujetos de algún modo en su cerebro, y siguen ahí más de 30 años después. El resto de recuerdos se han ido evaporando. Son imágenes borrosas, sin contexto definido.

En el primer encuentro que conserva él tiene 8 años cuando ‘mister’ Tonks, su profesor de música, le pide que se tumbe sobre el pupitre. Le ordena cerrar los ojos. “Sobre todo mantened los ojos cerrados”, insiste. El profesor de música pretende explicar dónde está situado el diafragma dentro del cuerpo humano. La mano del profesor se posa sobre el estómago, pero desciende hasta los genitales. El masaje sobre esta zona íntima dura “mucho rato”. Hay más alumnos en clase. Pero al tener los ojos cerrados no sabe si los otros han pasado por lo mismo.

En el segundo, tiene 10 años. Es una clase extraescolar en la que está a solas con míster Tonks. Kepa toca la flauta mientras el profesor le coloca la mano en la entrepierna. Con la otra mano, el docente se acaricia superficialmente los genitales.

Esto ocurrió entre 1983 y 1986. Kepa, 31 años después, sigue sin poder pasar página. Cree que dentro de aquella escuela, el OAK House School, un centro privado de Barcelona, sufrió más abusos por parte de Tonks. También sospecha que tiene que haber más alumnos que pasaron por lo mismo. Pero no lo sabe. Para averiguarlo ha presentado ahora una denuncia a los Mossos d’Esquadra, que muestra durante la entrevista con este diario. Sabe que los delitos están prescritos. Pero quiere encontrar a “más víctimas”, confirmar que hay alguien más que carga con el mismo recuerdo traumático, que le ha destrozado la vida. Porque lo que cuenta Kepa es que aquel profesor le inoculó un “virus” para el que no ha encontrado todavía cura.

HERIDAS ABIERTAS

“Imagina un río que, a causa de una gran tormenta, abre un cauce alternativo”. Y a partir de ahí, la ranura “se ensancha y el río termina por cambiar su curso natural”. Lo explica el catedrático de Psicología de la Universitat de Barcelona (UB) Antonio Andrés Pueyo, para intentar ilustrar por qué tiene sentido que personas que sufrieron abusos en la infancia sigan sufriendo secuelas tan graves mucho tiempo después.

En junio de 1986, míster Tonks se marchó del colegio. Regresó a Nueva Zelanda. Poco antes de que desapareciera, según Kepa, se corrió la voz de que era “maricón” y de que “metía mano a los niños“. Al poco tiempo, también a Kepa comenzaron a llamarle “maricón”. Esa palabra le “aterrorizaba”, le “paralizaba”. No sabía qué significaba el insulto, pero tenía claro que él no quería ser “maricón” e intuía que guardaba relación con el secreto de Tonks. Al mismo tiempo, sentía hacia el profesor “algún tipo de complicidad” porque a los dos les habían colgado la misma etiqueta. Era una época de “miedo” y de “confusión”. Tonks se marchó, pero Kepa se quedó, y los insultos no cesaron. “Nadie en el colegio intervino” para detener un bullying que agravó el daño causado por Tonks, lamenta tantos años después.

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