Articulo escrito por Blanca Herrera Cabrerizo, matrona,  en “El parto es nuestro”

Es una gran “incógnita”, porque cuando se tapan los problemas no somos capaces de ver o de hablar de situaciones o cuestiones que resultan “embarazosas”. El reconocer que un alto porcentaje de mujeres ha sido víctima de abusos sexuales alguna vez en su vida, y que un importante número de ellas lo ha podido ser durante la infancia, es una situación difícilmente aceptable si los profesionales que acompañan a las mujeres durante el parto y el nacimiento de sus bebés no quieren aceptar esta realidad.

Lo cierto es, que si una de cada cuatro mujeres han sido abusadas durante su vida, una de cada cuatro mujeres a las que asistimos o acompañamos durante el parto y el nacimiento de sus hijos e hijas, sin saberlo en la mayoría de los casos hemos asistido/acompañado a estas mujeres supervivientes. Una de cada cuatro mujeres a las que hemos asistido/acompañado en el parto estaba herida y ha sido capaz de enfrentar un embarazo, un parto y un nacimiento, en la mayoría de las ocasiones sin la ayuda o el conocimiento de los profesionales que las hemos acompañado.

Por las especiales características de estas mujeres, tienen una mayor probabilidad/riesgo de tener un parto complicado. Hemos de aceptar y reconocer que el parto es un acto con altas implicaciones sexuales, la vulnerabilidad, los olores, las palabras, las luces pueden desencadenar síntomas diferentes en estas mujeres que las hagan vivenciar el parto como un hecho traumático. Los profesionales que acompañan a estas mujeres suelen “tacharlas” de “poco colaboradoras”, “nerviosas” o “que toleran mal el dolor”.

El parto despierta en la mayoría de las mujeres sentimientos que pueden oscilar entre una ligera inquietud y un gran temor.

Algunos temores como la incertidumbre de cuándo se producirá el parto, como será de largo, si dolerá mucho, si podrán soportar ese dolor o la posibilidad de que les ocurra algo a ellas o al bebé, son miedos que muchas mujeres comparten. Además, las mujeres con antecedentes de violencia sexual se enfrentan durante el parto a otros miedos y retos tales como:

 

1. La pérdida de control

El dolor y lo incontrolable del proceso del parto pueden resultar especialmente estresantes para las mujeres que han sido agredidas o abusadas. Sentir que no tienen control sobre lo que les está ocurriendo a sus cuerpos puede evocar recuerdos y flash-backs de sus agresiones. Por ello puede ser determinante para la satisfacción de la mujer en el proceso del parto sentir que se tiene el control de la situación y que es tenida en cuenta por el profesional que la atiende como una igual, que se dirige a ella como una persona perfectamente capaz de tomar decisiones informadas de lo que ocurrirá en su cuerpo (tal como debe ser en cada mujer de parto, independientemente de sus antecedentes de violencia).

Algunas mujeres, pueden defender esta capacidad de decisión y de control con tal determinación que, en ocasiones, pueden parecer a la defensiva u hostiles, pudiendo haber sido catalogadas anteriormente como pacientes “difíciles” o “no cooperantes”.

La medicación o la analgesia epidural puede resultar una ayuda y un descanso para algunas mujeres ayudándolas a relajarse y a manejar mejor el dolor y el miedo, sin embargo, para otras el no tener sensibilidad en las piernas y sentirse incapaces de huir y aún más descontroladas, puede suponer, por el contrario, un elemento más de disconfort.

 

2. Flash-backs

Es algo común en mujeres supervivientes durante el parto y el posparto experimentar memorias intrusivas o flash-backs de su agresión o abuso. Algunos elementos intrínsecos o extrínsecos al parto pueden desencadenar estas memorias. Estas situaciones desencadenantes han sido llamadas por la literatura “desencadenantes”; suelen ser situaciones normales y rutinarias en el proceso del parto pero que para la superviviente pueden tener una gran similitud con su abuso o agresión.

Se dividen en “desencadenantes intrínsecos”, aquellos causados por el parto en sí, y “desencadenantes extrínsecos”, aquellos no causados por el trabajo de parto en sí.

Son “desencadenantes intrínsecos”: el dolor, las náuseas, las secreciones corporales, las reacciones instintivas como temblar, gemir, gruñir o llorar, tener la sensación de tener algo en la vagina o tener la sensación de estar desaliñada o con una mala apariencia.

Y “desencadenantes extrínsecos”: los procedimientos médicos, las luces, olores y sonidos del ambiente hospitalario, la interacción con familiares o con el personal del hospital, la soledad, el miedo, la sensación de estar en peligro… Conviene prestar gran atención a algunos desencadenantes que pueden ser manejados como los procedimientos médicos y el lenguaje que se emplea en la interacción con la mujer.

 

3. Disociación

Algunas mujeres víctimas de abuso o agresión sexual experimentan un mecanismo de defensa llamado disociación en situaciones extremadamente dolorosas, que no pueden controlar y/o que les recuerdan a su agresión. El parto, sin lugar a dudas, puede ser desencadenante de un episodio de disociación.

 

4. Mayor riesgo de padecer un parto traumático

Por todas estas y por más razones, las mujeres con un antecedente de violencia sexual se encuentran en una situación de riesgo mayor de vivir su parto como una experiencia traumática y de sufrir posteriormente un Síndrome de Estrés Postraumático. Sin embargo, las supervivientes tienen la posibilidad de reducir la posibilidad de tener un parto traumático identificando y expresando sus necesidades y temores e incluso resolviendo problemas emocionales antes del parto. Para ello, identificar los desencadenantes que pueden afectarles e incluso desarrollar estrategias para manejarlos y/o aprender técnicas de relajación puede ser de gran ayuda.

En ocasiones, si la mujer tiene trabajados estos aspectos y es capaz de expresar sus necesidades, la ayuda y cooperación del profesional de la salud, a través, por ejemplo, de herramientas como el plan de parto y nacimiento, puede ser suficiente.