Llegaba la Navidad como prostituida y en un falso intento de celebrarla, te forzabas, te obligaban a poner buena cara cuando te comunicaban que esas fiestas las tenías que pasar en el piso, junto a las compañeras, l@s proxenetas, la encargada, pero sobre todo con los puteros.

Falsas excusas, razones ocultas

“Que si en esos días siempre hay mucho trabajo”; “en esas fiestas se cobra más”; “que en esas fechas, tampoco ibas a tener muchos sitios donde ir”… Mil y una excusas para hacerte ver que tus opciones eran limitadas. Claro está, adornado con la brutal intencionalidad de convencerte de que la mejor manera que tenías de pasar las navidades, era allí, prostituida y haciendo caja para ellos.

El que no teníamos a donde ir era cierto en mi caso y en el de la mayoría de compañeras. No teníamos mucho donde elegir. Al haber escapado de casa, recién cumplido los 18 años, volver por Navidad no era una opción viable. Más cuando, sabiendo como sabían que me estaban prostituyendo, a nadie parecía importarle ni un ápice. Todo lo contrario, hubo quien supo aprovechar el hecho como arma arrojadiza contra mi.

Cena sin noche buena

Pies encadenados

En la Nochebuena o Nochevieja, mis compañeras y yo, debíamos cenar en la cocina del piso. No se nos permitía ensuciar ninguna otra parte de la casa. En un falso ambiente navideño, solo adornado para la complacencia del putero, a nosotras poco nos importaba si había bolas brillantes, belén, cintas o arbolito. La cena debía ser rápida y sin demoras. En cualquier momento podía sonar el timbre y el poco espíritu navideño que se pudiera crear, sería roto por puteros bajo los efectos del alcohol o la cocaína.

No me podía permitir soñar, pensar en que me hubiera gustado unas navidades diferentes. Unas navidades en familia. Pero en una familia en la que no hubiese sido abusada. Libre de pederastia. Pero mi realidad era que al sonar ese timbre, tendría que entrar en una habitación para seguir siendo abusada. Esta vez no por alguien de mi familia, sino por un hombre que ofrecía dinero a otra persona para poder perpetuar ese abuso conmigo. Un hombre que deseaba que participaras de la alegría y embriaguez de la que el mismo y sus amigos hacían gala. Mientras, mis compañeras y yo, interpretábamos de manera autómata, nuestros papeles tan bien aprendidos.

“No me podía permitir soñar, pensar en que me hubiera gustado unas navidades diferentes. Unas navidades en familia. Pero en una familia en la que no hubiese sido abusada. Libre de pederastia.”

Cuando estaba prostituida, Nochebuena, Navidad y Nochevieja, eran fechas carentes de todo sentido y calor humano. Aquellas noches no eran entrañables, ni familiares y mucho menos buenas. Solo era una noche más en aquella prisión de chicas, de mujeres cargadas de vulnerabilidades. Eran fiestas, donde el único calor humano que sentía, era el desprendido por el cuerpo del hombre que tenia encima y que me compraba como su regalo de navidad.

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