Cada día vemos como existe una mayor concienciación sobre la violencia de género. Comprobamos horrorizados como lentamente los números de asesinatos crecen a la par que las concentraciones en repulsa por dichos actos. Día tras día los telediarios o noticias en internet nos informan sobre nuevos actos de violencia hacia la mujer. También un movimiento cada vez mayor de feministas se plantan y luchan contra la barbarie machista.

Sin embargo, las horribles cifras de abusos en la infancia no movilizan ni conmueven de igual manera, como si la niña, esa que un día será mujer no tuviera el mismo valor. Si atendemos un poco a los datos estadísticos, a la psicología de la mujer maltratada, a su indefensión aprendida, comprobaríamos que muchas de esas mismas niñas ahora abusadas, maltratadas y olvidadas serán las mujeres por las que posiblemente un día se planten políticos, movimientos feministas y ciudadanos en la plaza del ayuntamiento de turno en minuto de silencio por su asesinato.

La violencia y abusos sexuales a menores parece reabrir tabús ancestrales en la sociedad, como si todos y cada uno de nosotros encerrara un trauma que ocultar y callar. Avergüenza y estigmatiza si nos toca y si no también.

Educación para la prevención, educación para la prevención, educación para la prevención… no nos cansaremos de repetirlo. Hay que dejar de fabricar víctimas para los asesinos, e incluso deberíamos decir que hay que dejar de fabricar posibles asesinos para esas víctimas con más educación para la prevención, educación para la prevención, educación para la prevención.

 

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